Alivio.

-Hola, Akira. ¿Cómo andas?

-Bien, gracias. ¿Y tú?

-Bien. Tiene mucho que no sé nada de ti.

-¿Tanto? … Pues no hay mucha novedad.

-¿No? Eso me agrada, no perderme de tanto.

-Jaja. El mundo sólo gira y nos arrastra y ya.

Ah, y voy a cerrar mi blog.

-¿Qué te pasa? ¿Por qué? Deja guardo todos tus textos antes de que mates a tu blog…

-Jaja, tranquilo. Igual no lo elimino-elimino. Sólo lo cierro (por ahora). Como hizo Carlos con sus trecientos blogs.

-Pero Carlos es un caso especial. Está loco. Bueno, tú también, pero es diferente.En fin, pero ¿cuál es la razón?

En fin. La razón es (… Me quedé unos veinte minutos pensando) que ya no pienso en él cuando escribo.

Y esto supondría un alivio a mis únicos tres lectores, a mi hermana mayor y sobre todo a Tamayo: seguramente arto de que escriba cosas de él que nunca dijo. O sí las dijo, pero no de esa forma.

…A Tenuë cierra hoy, un sábado caluroso con las ventanas abiertas.


Seamos sinceros -un rato-.

“Abre un blog y acostúmbrate a que las personas te critíquen lo que escribes”. Así fue como empezó esto. Abrí … A Tenuë porque un amigo lo sugirió. Recomendó. Mando. (Y yo muy obediente). Aunque la verdad es que todo está mal. El nombre tiene una falta de ortografía. Debía llamarse “Tinuë” -lo menciona Patrick Rothfuss en su primer libro-, pero yo siempre leí “Tenuë” (tan torpe que soy).

Y la historia iba así; conocí a “Todo Zafiro, Nieve y Tinta” cuando tenía 9 años. Tal vez 10. Y jamás le he tenido más miedo a una persona que tuviera al menos un año más que yo después de él. Y se fue, regresó, se volvió a ir y así. Para cuando abrí el blog él ya había regresado. Y manteníamos contacto.

Parecido a una rutina, despertaba a las 12 del día, desayunaba-comía en 45 minutos mientras leía y salía corriendo para el colegio. Todo el día me la pasaba buscando cosas irrelevantes -como la ardilla que volvía hacer su nido en el faro amarillo-, intentando narrarlo de la forma más confusa posible. Tomaba notas. Regresaba caminando a casa por la noche, escuchando siempre a Coldplay. Y entonces se lo contaba todo -la ardilla en el faro y las notas en la libreta de viaje-, mencionando siempre el piano y a Coldplay.

“Ficción” es la definición de “él y yo”. Todo esto es ficción porque nunca pasó. Muchos textos ni siquiera soy yo, pero como si lo fuera. “Juego de pies” era una chica de mi clase de latín que estaba enamorada de un amigo mío -lo descubrí cuando una vez la escuché murmurar que caminaba mejor que los dioses- (Sa-cre-bleu). “La última vez” era mi prima desahogándose en la cena. “A kiss in the tunnel” es un cortometraje inglés.

“Pero ¿a quién le importa? Yo sólo escribo por ti”. Seamos sinceros -un rato-, ¿y qué si ya no lo hago? Pues cierras el blog y haces uno nuevo -como tu amigo el que te sugirió/recomendó/mando hacer éste.

Maybe.

 


Es fácil saber lo que estás leyendo.

Caminar leyendo mientras empujo el carrito del supermercado es todo un ritual. Con las manos sosteniendo las tapas del libro, los codos firmemente apoyados en el manubrio y los ojos mirando entre las hojas y el piso. Cuarenta pasos por minuto. Miro al frente y confirmo que no me haya llevado un cristiano, un judío, un presbiteriano, o un ciego y su perro. Y me imagino que aún si fuera así, me daría igual.

Hoy estoy molesta. No sé, no me preguntes. Pero caminar leyendo mientras empujo el carrito del supermercado es mi ritual. Mi Manual para Dejar de Mirar con Odio a Todo Aquel que se Tropiece Conmigo. Edición de bolsillo. Y parece que la gente lo capta al vuelo, nadie intenta cruzarse conmigo.

Y no me inmuto, vamos. Yo sólo sigo caminando y empujando el carrito del supermercado; sorteando los carritos (mal)estacionados e ignorando los alaridos de los niños llorando. Y así, mi libro de turno y yo seguimos avanzando.

Hasta que puedo dejarlo a un lado. ¿Qué quería? Polvorones de naranja. Al carrito. Una taza de vaca. Al carrito. Bolillos y croissants de chocolate. Al carrito. Sopa Juliana. Al carrito. Hasta que puedo dejarlo todo de lado.

-Es fácil saber lo que estás leyendo.- dice mi mamá. Lo dudo, pienso, pero inténtalo.

-Cuando te la pasas sonriendo todo el día, estás con los libros Miyagi. No te molestes en aclararme los nombres. Son tan rositas que no vale la pena. Cuando preguntas mucho por la monarquía, estás otra vez con lo de Maria Antonieta. Cuando te quejas de la diferencia entre cursi y romántico, estás con Anne Rice. Cuando te aferras a ver películas de Harry Potter y te muerdes los labios, estás terriblemente ociosa. Y cuando un vestido te parece lo suficiente bonito, entonces estás salteando páginas entre Charles Dickens y las Hermanas Brönte. Ah, y cuando no se escucha de otra cosa más que de lo guapo que es Mr. Darcy, entonces tengo que esconderte a Jane Austen.

»Con esto no quiero decir que tengas muy pocos libros, por como los catalogo. Al contrario. Esos son los que generan más expectación. Los libros importantes son para ocasiones especiales. Y justo ahora eres todo un dolor de cabeza. Haznos un favor y deja de leer esa basura de Sabato, ¿vale?- Y se nota lo cabreada que está mi mamá.

-… Pero se llama Murakami y Yoshimoto. Miyagi es otro cuento.


A kiss in the tunnel.

“¿Estás triste? En ese caso tomemos un tren nocturno y vayamos de viaje.” Eso fue lo que dijiste. Embarcamos sin equipaje, sólo las gafas, los billetes y el viejo Dickens.

Tus expresiones al leer se reflejaban a través del sombrío paisaje que miraba por la ventana del vagón. Podía ver que me vigilabas de reojo en ocasiones y sonreía. Me gustaba tanto estar cerca tuyo.

-Odio el acoso visual en estas ocasiones.- dices. Y cierras los ojos.

El traqueteo del vagón disminuye el silencio entre nosotros, como un dúo de grillos en una noche veraniega mientras estamos tirados en el pasto.

Entonces alargas el brazo y me quitas las gafas. Fijas tus ojos en los míos, tan intenso, queriendo atravesarme. “Para que no intentes mirarme.” dices. Y guardas las tuyas en el estuche. “Para que no intente mirarte.”

Es entonces cuando el tren entra en el túnel. Te escucho moverte despacio, y te sientas a mi lado. Buscas mi mano y yo intento sostenerte fuerte. “No se te ocurra soltarme mientras estemos en el túnel.” dices. “No quieras arrepentirte por amarme” te digo.

Y mientras estemos en la oscuridad del túnel intentaremos no rompernos. “Imagina que no llegaremos a ningún puerto; que tenemos sueños porque no podemos bajarnos de este tren tan inmenso. Imagina que nunca nos movemos, que no conocemos otro vagón de pasajeros. Que no llegaremos nunca a ningún puerto. Imagina que tu eres sólo mi sueño. Que yo te creo porque te quiero.  Y el negro intenso de la oscuridad del túnel.”

E intentamos no rompernos. Tú y yo y el viejo Dickens. Pensamos eso; y murmuras bajo “Dame un beso en la oscuridad del túnel.”


a120

Hace veintiún años mis padres tuvieron a su primogénito. Tan güerito, tan llenito y tan bonito. Tanta felicidad encerrada en esos ojitos grices.

Pasó el tiempo, cuando mamá se dio cuenta que a su único hijo le hacía falta un hermano. Un hermano para que leyeran juntos, para que jugaran fútbol, se pintaran los ojos y jugaran a las guerras, durmieran juntos y pudiesen apoyarse uno al otro. Y así, cuando el día que no estuviesen mis padres, su  primogénito no tuviese que estar solo en el funeral. Tanta esperanza encerrada en esos ojitos azules.

Sin embargo, dos años después, lo que tuvo fue una hermana. Por supuesto que hubo diferencias, como que tuve que aprender a leer sola porque él no quería leerme los cuentos una y otra vez, y yo no quería jugar fútbol con él, tampoco pintarme los ojos para jugar a las guerras ni dormir juntos. Pero aunque había más gritos que apoyo, mi hermano mayor y yo nos llevamos bien. Aceptación reflejada en esos ojitos verdes.

Pero nos faltaba uno. Tardaron mis padres trece años en darse cuenta. Así que, cuando llego el tercero todo era alegría, pues mi hermano mayor por fin tenía un hermano con quién hacer todo lo que mamá soñó. Juegan a las guerras, con la pelota, corren juntos, duermen juntos… Y peleamos, pero juntos.

Y ahora es seguro que aunque algún día ya no estén mis padres, su primogénito definitivamente no estará solo en el funeral. Tanta felicidad reflejada en esos ojitos verdes, miel y cafés.


La última vez.

Tú y yo construimos una historia. Inicio, nudo, descenlase. Entiendo muy bien que eso sólo existió en “hace algún tiempo”. Pero cada vez que llamas, maldita sea, siempre contesto.  La anterior vez me dije que era la última, pero aquí voy, fíjate, directo hacia ti.

¿Por qué contesto tus mensajes? No necesito saber de ti, no quiero saber si eres feliz o si piensas en mí. No quiero tener nada que ver contigo, pero termino llendo hacia cualquier cosa que me condusca a ti. La anterior vez juré no volverlo a hacer.  Pero me gusta romper promesas, mírame, voy directo hacia ti.

Estoy convencida que lo nuestro es pura ficción, piénsalo, porque ni nosotros mismo sabemos creerlo. Podemos vivirlo y sentirlo, fíjate, pero no sabemos asumirlo. Porque entre tú y yo tenemos todo por perder. Porque entre tú y yo nunca va a haber un resultado. Estaremos siempre quebrados, nunca enteros.  Y cuando nos separamos -aunque sea un momento- nos ignoramos y terminamos siendo personajes secundarios en una novela de horror. Porque entre tú y yo no sabemos aprender de nuestros errores.

La última vez, escúchalo, me obligué a que fuera de verdad la última vez. Porque tú y yo es pedir demasiado.


Soy un pez.

Tal como ese pez flotando en la taza de té, no me olvides nunca. Por que yo seré aquel pez en tu memoria.

No mires al cielo y después me vigiles de reojo. No estes preocupado y me mires indiferente. No te creo. Sigue mirando el techo. Háblame de lo que sea. ¿Que te vas a un internado? Bien, bien. ¿Que piensas comprar un piano? Me lo esperaba. ¿Que si te ves bien de traje? Eso ya lo sabes, mira como sonrío como tonta.  ¿Que extrañas hablar a las tres de la mañana? También yo. ¿Que te imaginas lo que me estarías contando a esas horas? También yo. ¿Que extrañas mis historias? Sólo eran sueños que tenía de ti. ¿Que no puedes dormir sin antes desearme “dulces sueños”? No mientas. Porque pienso en ti. Hasta el punto que dejo fluir mis lágrimas.

No me mires a los ojos tan intensamente. No te atrevas a preguntar si estoy bien. Lo que siento por ti, a sabiendas de que lo sabes, es asunto mío. No quieras interesarte.

-¿Recuerdas ese pez que mataste con agua caliente? Eras un niño.

-No era agua caliente. Fue té.  Tenía el pez en la taza de mi papá.  Es algo que realmente nunca olvidaré.

… No me olvides nunca, porque la única capaz de llorar con el solo hecho de pensar en ti soy yo. Seré aquel pez en tu memoria.