Juego de pies.

Son las 7pm, la hora de mi felicidad. El salón de latín aun está medio vacío, entro sigilosa serpenteando entre las bancas. Tu lugar sigue vacío pero casi todo el equipo ha llegado ya: el john, brenda, mario… incluso el briago que entra cada mes y le jura a los santos que no lo volverá a hacer. Me siento impaciente, porque ¡quiero verte! Y mi corazón bombea más rápido y siento calosfrios de sólo imaginarte. Entonces escucho tu voz a lo lejos.  ¿Qué son los dioses romanos junto a ti? El limbo entero ardería en celos al verte caminar con ese porte tan tuyo. Y me miras, sonríes, me derrito. No es que sea Miss Positivismo pero tu sonrisa ilumina el salón de latín hoy. Y por gracia de Júpiter te sientas a mi lado, ¡te ves tan emocionado! Mi cabeza da vueltas, emocionada, esperanzada, cuando de tus labios se escapa: ¡Oh, qué contento estoy de verte!.

¿Estoy conciente? ¡Mi mente no miente! Mi pequeño corazón de pajarito arremete con su aleteo su jaula.

Pero nadie parece notarlo [que de ti me he enamorado]. Y me calmo, empezamos. “La literatura latina es una copia de la griega. Vamos a separarlo en dos partes, qué tal. Poesía-Prosa”. Un suave cosquilleo en mi pie derecho, alucino. “En la poesía encontramos el lado humanista, como son el teatro, las novelas, líricas sentimentalistas…”-y hormiguea cada vez más mi pie… ¿será que no lo esté imaginando?- “… por que la prosa es lo que no tiene rima, por eso clasificamos el estudio de ese lado, mientras que… “- mientras que no puedo aguantar más la curiosidad y miro hacia abajo. Tu pie está jugando con los míos tiernamente. Son sólo caricias que despiertan mis sentidos. ¿Te das cuenta de lo que haces? Te miro a los ojos, no puedo creer que me estés coqueteando. Me miras, te sorprende, rubor pincelado retoca tu cara y dices: ¿Te molesto?

¡Por Júpiter y Venus, no!

“-Ahh… no.” Los dioses quieran que pudiera decirte lo que siento y no sólo esos débiles tartamudeos. Pero es ahora o nunca. Aunque no pueda hablarte sin tartamudear quiero que sepas mis sentimientos. Y respondo suavemente tu coqueteo con mi pie.

Pero no eres tu quien responde.

-¡Oh, lo siento! ¿Te pegue con mis pies, de nuevo? De verdad lo siento, tengo que quitarme esa costumbre de estirar los pies bajo la mesa.- Y sonríe, inocente.

La clase termina antes de que pueda darme cuenta que no eras tu. Claro, cuando preguntas que si me molestas te referías a que si me estorbabas la vista al pizarrón. Claro, claro…

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