Había una vez un muchacho tan mentiroso…

Había una vez un muchacho tan mentiroso, que cuando le pregunté que si era feliz, ni él se creyó.

Y había una vez, dos veces, tres. Y él seguía siendo mentiroso. Porque era más cómodo mentir que decir la verdad. “Para qué.” Me decía, si de todos modos me regalan cosas feas en los cumpleaños. “Para qué.” Repetía, si no importa la edad que tengo. “Para qué.” Resongaba, si a nadie le importa.

Y de casualidad a veces decía la verdad, tan susurrada entre paréntesis que la mayoría no se daba cuenta. Y me decía: ¿Lo vez? La gente sólo quiere escucharme decir mentiras.

Y miente porque intenta ver una realidad no tan sincera. No tan [tan-tan] predecible. Y a los demás nos encantaba que lo hiciera. Que dijera como premisa en sus presentaciones “No creas nada de lo que voy a decirte.” Que finjiera autísmo causado por un rayo. Que, cínicamente, se echara pestes y no esperara una ovación.

Y a mi me alegraba cuando me decía que no quería ser adulto, que le asustaba ser responsable, que algún día «cuando sea niño» nos largaríamos a Nunca Jamás con Peter Pan.

Así que, había una vez un muchacho tan mentiroso, que cuando le pregunté si alguna vez me había mentido, ni él se creyó. Porque mentir es más cómodo que decir la verdad.

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